Karen Silkwood murió camino de denunciar una planta de plutonio
Karen Silkwood midió la radiación de su propio cuerpo, y el contador se disparó. Llevaba encima casi 400 veces el límite legal de plutonio. Nueve días después, el 13 de noviembre de 1974, murió en un accidente de coche cuando se dirigía a entregar a un periodista del New York Times una carpeta con pruebas contra su empresa. La carpeta nunca apareció.
Conclusiones clave
- Karen Silkwood trabajaba en una planta que convertía el plutonio en combustible nuclear.
- Denunció ante su sindicato y ante el gobierno que la planta escatimaba en seguridad.
- Una autoevaluación rutinaria detectó en su cuerpo 400 veces el límite legal de plutonio.
- Murió en un accidente en 1974 camino de reunirse con un periodista, y sus pruebas desaparecieron.
- La demanda de su familia llegó al Tribunal Supremo y cambió las normas para las empresas nucleares.
¿Quién fue Karen Silkwood?
Karen Silkwood fue una trabajadora de laboratorio y activista sindical estadounidense. Nació en 1946 en Texas y se crió en Oklahoma. Fabricaba pastillas de combustible de plutonio en una planta de Kerr-McGee. Como delegada sindical de seguridad, reunió pruebas de que la planta escatimaba en seguridad. Murió a los 28 años, antes de poder entregarlas.
Su puesto era modesto, pero peligroso. Trabajaba en la instalación de Kerr-McGee Cimarron cerca de Crescent, Oklahoma. La planta compactaba el plutonio en pastillas para las barras de combustible nuclear. El plutonio es uno de los materiales más tóxicos de la Tierra. Una mota inhalada en los pulmones puede provocar cáncer años más tarde.
Silkwood se afilió al sindicato Oil, Chemical and Atomic Workers y consiguió un puesto en su comité de negociación. Fue la primera mujer en ocupar ese cargo en la planta. El trabajo la llevó a ocuparse de la seguridad. Empezó a anotar lo que veía, y lo que veía la inquietaba.
¿Qué descubrió en la planta de Kerr-McGee?
Silkwood se encontró con una planta que anteponía la rapidez a la seguridad. Registró derrames, soldaduras defectuosas en las barras de combustible, falta de mascarillas y registros que habían sido alterados. También señaló cantidades de plutonio que no se podían justificar. En 1974 llevó su lista a la Comisión de Energía Atómica en Washington.

El plutonio se manipula dentro de una caja de guantes sellada para mantenerlo lejos de la piel y de los pulmones.
© Oak Ridge National Laboratory (CC BY 2.0)
Las cifras eran alarmantes. A lo largo de cinco años, unos 18 kilos de plutonio apto para armamento quedaron sin justificar en la planta. Cuando más tarde se desmanteló la instalación, solo aparecieron 9,2 kilos en sus tuberías. El resto nunca se explicó. Los registros también mostraban que decenas de trabajadores se habían contaminado.
Una acusación destacaba sobre las demás. Silkwood afirmó que se habían retocado las radiografías de las soldaduras de las barras de combustible. Las soldaduras defectuosas se pulían, y las imágenes se alteraban para que las barras pasaran la inspección. Una barra débil dentro de un reactor podía agrietarse o tener fugas. Pasó semanas reuniendo en silencio un expediente de notas, fechas y fotografías de muestra para demostrarlo.
Un experto en radiación que estudió la planta no se anduvo con rodeos. Karl Z. Morgan, uno de los fundadores del campo de la física sanitaria, declaró sobre lo que vio en Cimarron.
Nunca he conocido en este sector una operación tan mal gestionada desde el punto de vista de la protección radiológica como la instalación de Cimarron.
Karl Z. Morgan, declaración judicial
El conjunto de los datos le daba la razón. Los informes contabilizaron al menos 76 trabajadores contaminados entre 1971 y 1975. Aproximadamente un tercio necesitó tratamiento de urgencia para eliminar el metal de su organismo. Puede leer más sobre la planta en este relato del Bulletin of the Atomic Scientists.
¿Cómo se contaminó con plutonio?
El 5 de noviembre de 1974, una autoevaluación rutinaria en el trabajo dio la alarma. Silkwood llevaba encima cerca de 400 veces el límite legal de plutonio. Durante los dos días siguientes, las lecturas subieron. Entonces los técnicos descubrieron que el origen no era la planta, sino su propio apartamento, en los lugares donde comía y se aseaba.

Plutonio refinado, el material que estaba en el corazón de la planta de Cimarron.
© U.S. Department of Energy (dominio público)
El patrón no encajaba con un accidente. Las lecturas más altas estaban en un paquete de fiambre de su nevera y en la tapa del inodoro. El plutonio procedía de un lote de la planta al que Silkwood no tenía forma de acceder. Entonces, ¿cómo acabó en su comida y en su baño?
La cronología fue siniestra. El primer día, un frotis del interior de su nariz dio positivo, señal de que había inhalado el metal. La frotaron a fondo y la mandaron a casa. A la mañana siguiente seguía disparando las alarmas. Al tercer día, un equipo sanitario rastreó su apartamento y encontró plutonio por todas partes. Arrancaron la moqueta, metieron sus pertenencias en bidones y se las llevaron.
La trasladaron en avión a Los Álamos para hacerle pruebas. Los médicos le encontraron plutonio en los pulmones. Silkwood creía que alguien había contaminado deliberadamente su apartamento para asustarla o para desacreditar sus denuncias de seguridad. Kerr-McGee insinuó que ella misma podría haberse contaminado. Ninguna de las partes pudo demostrar su versión, y la duda sigue pesando sobre la historia.
El accidente camino del New York Times
El 13 de noviembre de 1974, Silkwood acudió a una reunión sindical en Crescent. Después salió sola rumbo a Oklahoma City. Tenía previsto reunirse con David Burnham, periodista de The New York Times, y con un dirigente sindical de ámbito nacional. Llevaba consigo una carpeta que, según ella, demostraba que la planta había falsificado los controles de seguridad.
Nunca llegó. Su coche se salió de la carretera y chocó contra una alcantarilla de hormigón. Murió en el acto. Cuando llegó la ayuda, la carpeta de documentos había desaparecido, y desde entonces no ha vuelto a aparecer. Burnham, que poco antes había destapado el caso de corrupción policial de Frank Serpico, esperó a una fuente que no llegó.
El dictamen oficial fue accidente de un solo vehículo. Un agente de tráfico dijo que se había quedado dormida, y se encontraron sedantes en su sangre. Su sindicato contrató a su propio perito en accidentes, que informó de una abolladura reciente en la parte trasera del coche. Sostuvo que la habían golpeado por detrás y la habían empujado fuera de la carretera. Nunca se imputó a nadie, y la verdad sigue enterrada con ella.
Lo que contenía la carpeta perdida aún se discute. Sus compañeros dijeron que llevaba las fotos de las soldaduras y los registros de contaminación. Los investigadores federales confirmaron más tarde infracciones de seguridad reales en la planta, aunque no pudieron demostrar que se hubiera sacado plutonio de contrabando. Sin sus archivos, la versión más sólida de su caso murió con ella en aquella carretera.
¿Qué decidió el caso Silkwood contra Kerr-McGee?
El padre de Silkwood demandó a Kerr-McGee por el plutonio que envenenó su casa. El caso se convirtió en un hito. Un jurado dio la razón a la familia. Kerr-McGee respondió por la vía judicial, y la batalla llegó hasta el Tribunal Supremo, donde redefinió las normas de toda la industria nuclear.
En 1979, un jurado federal concedió a la herencia 505 000 dólares por la contaminación y 10 millones de dólares en daños punitivos. Un tribunal de apelación rebajó la indemnización a apenas 5000 dólares por la pérdida de bienes. La familia siguió luchando. La cuestión de fondo era sencilla: ¿podía un estado sancionar a una empresa nuclear, o lo impedía la legislación federal?
En 1984, el Tribunal Supremo respondió. Por 5 votos contra 4, dictaminó que el control federal de la seguridad nuclear no protegía a una empresa frente a los daños punitivos de un estado. La sentencia, Silkwood contra Kerr-McGee, abrió la puerta a que ciudadanos corrientes demandaran a las empresas nucleares al amparo de la legislación estatal. Puede leer la sentencia completa en internet.
| Etapa | Año | Resultado |
|---|---|---|
| Veredicto del jurado federal | 1979 | 505 000 dólares reales más 10 millones de dólares punitivos |
| Tribunal de apelación | 1981 | Rebajado a 5000 dólares por daños materiales |
| Tribunal Supremo | 1984 | Se admiten los daños punitivos estatales, 5 votos contra 4 |
| Acuerdo final | 1986 | Kerr-McGee paga 1,38 millones de dólares a la herencia |

El Tribunal Supremo dictaminó en 1984 que la legislación estatal aún podía alcanzar a una empresa nuclear.
© Joe Ravi (CC BY-SA 3.0)
En lugar de afrontar un nuevo juicio, Kerr-McGee llegó a un acuerdo en 1986. Pagó 1,38 millones de dólares a la herencia y no admitió culpa alguna. La propia planta ya había cerrado en 1975, poco después de la muerte de Silkwood. Su nombre, sin embargo, quedó ya grabado en una norma que otros trabajadores podían invocar.
La sentencia perduró más que el dinero. Antes de Silkwood, las empresas nucleares alegaban que solo el gobierno federal podía vigilarlas. Después, un trabajador o un vecino perjudicado por una fuga podía llevar a una empresa ante un tribunal estatal y pedir a un jurado una indemnización. Ese riesgo de una demanda local dio a las plantas un motivo de peso para operar de forma limpia.
Silkwood en la pantalla
La historia de Silkwood llegó mucho más allá de Oklahoma. En 1983, el director Mike Nichols rodó la película Silkwood, con Meryl Streep como protagonista y Cher y Kurt Russell a su lado. Cosechó cinco nominaciones a los premios Óscar y puso su caso ante millones de personas.
La película la convirtió en un nombre conocido y fijó una imagen en la mente del público: una joven trabajadora, restregada hasta la piel viva en una ducha de descontaminación, enfrentándose a una empresa mucho más grande que ella. También mantuvo vivas las preguntas sin respuesta. Décadas después, la gente todavía discute quién contaminó su apartamento y qué ocurrió en aquella carretera oscura.
El informe del accidente sigue diciendo accidente de un solo vehículo. El plutonio que ensució su cocina nunca se atribuyó a una mano concreta. La única respuesta que su familia sí logró llegó años más tarde en el Tribunal Supremo, y le sobrevivió: a una empresa que deja escapar radiación se la puede obligar a pagar por ello. Karen Silkwood nunca llegó a entregar su carpeta.
Investigadora y analista de datos en denuncia de irregularidades. Cuenta las historias de denunciantes célebres y su lucha por la rendición de cuentas.